La palabra, ese vehículo de transmisión de ideas y pensamientos, con propósito de establecer relaciones con el entorno y con el cual nos abrimos paso, sea de manera dialógica o como instrumento de determinaciones y ejercicio de poder, y cuya elaboración es la resultante de la conjugación de todos los elementos intervinientes en un acto vital autónomo y deliberado, en el que participan todos los componentes del Ser, pensamientos, sentimientos, emociones, voluntad, corporalidad, organicidad, abstracción superior, conocimientos, experiencias, vivencias, presunciones, intuiciones, sugestiones, conceptos, deseos, apegos, impulsos y antagonismos, que condicionan, modulan y empujan o refrenan la expresión verbal, se convierte en el instrumento del sujeto de estudio en el Psicoanálisis, por medio de la cual –la palabra- habla de nosotros mismos, de lo que hay adentro y afuera, de la percepción propia y de la que suponemos es la que nos tienen los demás; de la relación con el entorno y la justificación que hacemos de la existencia con las rutas de desempeño escogidas y su manera de insertarlas estéticamente hasta lograr la comodidad en un mundo siempre amenazante al que hay que penetrar y dominar.

Es la emisión comunicativa potencialmente más cercana a la veracidad del mundo subterráneo atrapado en el subconsciente y el inconsciente, que logra precisar por medio de fonemas una dinámica incontenible que condiciona los actos cotidianos automáticos o deliberados y revela los rasgos particulares que caracterizan la personalidad, pero también lo reconocido como carácter.

Ahora bien, ¿son las pulsiones que se viven en el terreno de las sensaciones elaboradas en las primeras etapas de la vida, las que empujan y obligan a la elaboración del pensamiento que a la postre se expresa a través de las palabras? O al contrario, ¿es el desarrollo ontogénico del lenguaje, un proceso independiente del desarrollo intelectual y de construcción del pensamiento, ambos independientes a su vez del desarrollo orgánico, todos los cuales andan por raíces genéticas distintas y que cursan por líneas separadas, como sugiere Vigotsky, donde aunque el pensamiento puede comenzar con la función simbólica en el periodo sensorio-motor, la palabra en cambio parte de la función cognitiva estimulada por la interacción social, pero que en un momento se juntan para explicar la sintonía o distonía entre sí, a través de las palabras? .

Cualquiera fuere la posición a defender, la palabra es al fin y al cabo, el punto de encuentro a donde confluye el pensamiento que se quiere expresar y por tanto el escenario de debate y construcción de nuevos horizontes del ejercicio intelectual eficaz en un marco de democracia y razón, en el que la fuerza de las ideas verbalizadas con el refinamiento del lenguaje, aún en el desencuentro, permiten la edificación que pone límites al despotismo y el ejercicio arbitrario impulsivo y aberrante de la fuerza bruta.

Es en la palabra donde se afincan las relaciones y las adherencias o rupturas, y en la que se honra la atmósfera de un ambiente aséptico académico.

JUAN DE DIOS VILLEGAS P. MD., MSP..